lunes, 30 de septiembre de 2013

La democracia después de la bancarrota

(Construcciones míticas de la "crisis" V, y última entrega. So far)


Hemos presentado tres grandes relatos que pretenden explicar los orígenes de la crisis y sus mecanismos y hacer un balance de ganadores y perdedores. Ahora vamos a extraer un conjunto de consecuencias un poco generales y, desde luego, tentativas.

  
Veamos, en primer lugar, lo que hemos hecho hasta ahora. En primer lugar, analizamos los relatos construidos desde dos perspectivas marginales: 1) la contraria al libre mercado y 2) la contraria al Estado del bienestar. Resulta sospechoso que antes de la denominada crisis cada contrapuesto grupo de “expertos de respuesta única” ya sostenía que había que acabar tanto con el libre mercado si se trataba de unos o con el Estado de bienestar si se trataba de otros.[1] De hecho, incluso algunas de las explicaciones más sofisticadas que se encuentran son intemporales, ahistóricas, pues pretenden expresar mecanismos sociales sempiternos. Es verdad que en determinados ámbitos de conocimiento la atemporalidad es indicio de corrección, pero difícilmente puede ser este el caso de disciplinas históricas o sociales, donde lo que se ha de explicar es lo que hace peculiar a un conjunto de circunstancias particulares.

Así pues, hemos visto que ambas posturas están fuera del consenso neoclásico entre keynesianismo y monetarismo que durante las últimas siete décadas ha predominado tanto en el paradigma académico tanto como en la práctica política occidental antes de la caída del comunismo, y prácticamente en todo el mundo tras el colapso soviético. A pesar de que entre quienes sostienen alguna o varias de las mitologías adversas al libre mercado cunde el adjetivo “neoliberal” para calificar a sus partidarios, lo cierto es que nosotros hemos prescindido de tan socorrida etiqueta, pues entre éstos debemos distinguir grupos ideológicos muy diferentes y a su vez enfrentados: minarquistas, anarcocapitalistas. neoconservadores monetaristas y socialdemócratas, estos últimos de corte liberal o puramente keynesiano.[2] En la última entrega, analizamos con más detalle la síntesis entre las ideas neoconservadoras y socialdemócratas que constituye el paradigma económico en que estamos y que, por eso mismo, resulta mucho más complejo desmontar.

A pesar de la simplificación a que hemos sometido todas estas explicaciones, creemos que ha habido ocasión de comprobar que, como buenas mitologías, estos relatos presentan algunos aspectos verosímiles y no son puramente arbitrarios, sin bien hemos querido dar cuenta de por qué constituyen una mistificación. La parte central y más propia de nuestra propuesta, detallada en la última entrada, ha sido mostrar que el gran relato mítico fue precisamente ese consenso neoclásico y la confianza desproporcionada que agentes políticos y económicos, así como los ciudadanos en general, han depositado en las competencias epistémicas de los profesionales de la economía, en cuyas manos se delegó toda la responsabilidad de sortear los envites de las coyunturas adversas.

Y nos interesa destacar especialmente este último aspecto porque la constitución de una especie de sancta santorum tiene consecuencias en nuestra capacidad, como sociedad o como país, para asumir nuestras responsabilidades: no deja espacio intermedio entre tecnócratas, detentadores de un peculiar matrimonio entre saber-poder, y el resto, incluidos opinadores de todo pelaje, que se mantienen puros en su voluntaria ignorancia de cuanto tenga que ver con la aritmética en sociedad y que, así, se sumergen en una culpable minoría de edad. Si la modernidad es la era de la crítica, la modernidad está en crisis. Y no porque falten críticas mordaces contra políticos y economistas, sino porque estas provienen de personas cuyo desconocimiento de dicha aritmética es flagrante: a veces confesado impúdicamente, a veces ignorante de su propia ignorancia.[3] El problema de fondo es, pues, una especie de complaciente estado de postración intelectual que ha aletargado a los ciudadanos en general no menos que a los intelectuales o, como diría hace poco Félix Ovejero, un culpable abandono o dimisión de los propios talentos.[4] Nuestro objetivo con esta especie de ontología del presente es entonces avanzar hacia una necesaria recuperación del impulso crítico.

La quiebra del gran relato de síntesis nos deja, pues, ante la necesidad de plantearnos tres preguntas a las que no será este el momento de dar respuesta: si los gobiernos y los bancos centrales no son plenipotenciarios a la hora de neutralizar las crisis, ¿de qué se puede ocupar entonces la democracia? ¿Cuál es el objeto de la política? ¿Cómo pueden los ciudadanos no ser meros súbditos, y los Estados sustraerse a la insidiosa dictadura de los mercados?
Lo cierto es que, y habiendo cuenta de las importantes limitaciones institucionales, la política ha de ocuparse de lo que quieran los ciudadanos: ordena prioridades, perfila incentivos, ofrece seguridad a los agentes, cohesión a los ciudadanos y oportunidades para todos. Dada la enorme complejidad que requiere la naturaleza tumultuosa de la sociedad, la imperfección y la incertidumbre son parte del paisaje político habitual. A la dificultad natural de la tarea se suma la paradoja, ya señalada por Moises Naim, de que el desafecto de los ciudadanos respecto de los gobernantes discurre por un cauce en absoluto paralelo con el de sus expectativas en relación con la política: la desconfianza crece, pero la exigencia también. Así, el cacareado desafecto político no es un fenómeno español por más que el tardío amanecer democrático, unido a lo abrupto e inexplicado del pinchazo de la burbuja del milagro económico español, haya acelerado y exasperado este fenómeno patrio de secularización política.[5]
Probablemente haya muchas razones que explican la lejanía entre ciudadanos y políticos, y no es la menor que, por más que se abuse de la denominación “ciudadano”, éste normalmente es tratado ora como cliente, ora como súbdito (más o menos adulado), pero rara vez como sujeto político activo. La distancia que media entre lo que los ciudadanos piden a y dan de la política explica el auge de la tan denostada partitocracia, cuya emergencia sigue al repliegue de los partidos mayoritarios sobre los más fieles y se ceba del desinterés ciudadano. A propósito, es menester señalar la baja implicación de los españoles en asociaciones, partidos políticos y sindicatos, en contraste con su elevada participación en manifestaciones, huelgas, recogidas de firmas o cadenas electrónicas.[6] Sin embargo, y a pesar de la desconfianza en la política y la flojísima implicación formal en la misma, los españoles se sitúan entre los europeos que más esperan del Estado[7] y que, a pesar de la retórica de moda sobre el “espíritu emprendedor”, menos premian la iniciativa individual.[8]
Dada, pues, la actual crisis de gobernanza, cabría preguntarse si existe alguna alternativa a la política democrática. Sabemos, sin embargo, que no hay ninguna que merezca ser experimentada en lugar de combatida. Es cierto que desde la periferia del pensamiento que genera las dos construcciones míticas más potentes se presentan alternativas de meritocracia más rectilíneas, pero no merece la pena ponerlas a prueba. Y en cuanto al tercer relato, cabría decir que, después de todo, ni el libre mercado ni el estado de bienestar son los causantes de la zozobra en España. Nuestros males tienen como origen un abandono de la realidad a la hora de tomar las decisiones económicas y políticas, así como en la contumacia a la hora de reconocer y rectificar errores. Mantener el statu quo será cada vez más difícil, tanto en España como en el mundo. Casi medio siglo de consenso neoclásico reforzado con la fe en la eficiencia de los mercados de valores y la consiguiente financiarización están o deberían estar en entredicho. Pues cada día es más lo que sabemos sobre los comportamientos sociales y económicos pero, paradójicamente -quizá no tanto-, esto nos hace más vulnerables a lo que ignoramos u obviamos.

Si ya advirtiera Mandelbrot a los científicos que “las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta”, con más razón habríamos de reparar en que la economía y la política trabajan con un objeto todavía más artificioso y esquinado: la realidad social no está escrita, como la naturaleza, en caracteres matemáticos, y difícilmente los “modelos de equilibrio” pueden encajar en una realidad como la social que no solo es renuente al equilibrio, sino que está tremendamente enviciada con el cambio. Cambios que, insistimos, se empeñarán en propiciar los modelos mismos.

Es posible que, en definitiva, acabemos optando por un abandono consciente de la búsqueda verdades intemporales y omnicomprensivas en el campo de la epistemología económica y social para centrarnos en la búsqueda de verdades perecederas, históricas y contingentes. Pero deberíamos, cuando menos, desnudar el coste y el riesgo que asumimos al decidirnos por ciertas verdades. Y no olvidar que son verdades humanas cuyos ejes, a pesar de su apariencia rectilínea, no pueden estar más derechos que el fuste torcido del que han sido modeladas.






[1] Las crisis, de hecho, parecen reforzar, más que cuestionar, ciertos paradigmas firmemente mantenidos. Así lo muestra González Ferriz respecto de las crisis políticas o sociales que desde los 60 hasta nuestros días jalonan nuestra historia, pero lo mismo se puede decir en este caso. Vid. González Ferriz, R. 2012. La revolución divertida, Madrid: Destino.
[2] Tan enfrentados ideológicamente como, por ejemplo, keynesianos y ecologistas. Sin embargo, como ocurre con estos últimos, sus adversarios y seguidores menos perspicaces están lejos de sospechar que exista semejante incompatibilidad.
[3] No es extraño, por más que debería serlo, escuchar a periodistas y tertulianos espontáneos comenzar una discusión sobre nuestros males odiernos con un “yo no sé nada de Economía pero…”. En cuanto a la ignorancia que se ignora, valga de ejemplo este artículo de A. Grandes donde sostenía sin rubor que nos habíamos gastado 115 millones de dólares por habitante del planeta (¡!) en rescates bancarios (“Experimento”, El País, 12/1/2009).
[4] Félix Ovejero, El País, 12/9/2013.
[5] En su artículo “El súbdito adulado”, publicado en El País (21/6/2011), Antonio Valdecantos describe este proceso de secularización política de manera brillante, si bien no compartimos su catalogación del mercado y la competitividad como enemigos de la democracia.
[6] Véase el estudio de valores internacionales de la Fundación BBVA que con precisión disecciona Jorge San Miguel en “Escraches y participación ciudadana”, Politikon, http://politikon.es/2013/04/26/escraches-y-participacion-ciudadana/ (8/9/2013)
[7] Rodríguez Suanzes, P. 2013. “Los españoles culpan a los políticos y a los banqueros de la crisis”, El Mundo, 4/4/2013.
[8] La tendencia española al estatismo se ve reflejado en encuestas donde la respuesta mayoritaria a la pregunta si los ingresos de las personas deberían ser más equilibrados, incluso si ello significara que los que se esfuerzan más y los que se esfuerzan menos ganen cantidades similares, el 54,7% de los españoles está a favor de la idea. Algo impensable para los daneses (sólo el 13,8 aprueba tal idea) y lejos de lo que piensan incluso los defensores tradicionales y símbolos del Estado de Bienestar, como Suecia (31,4) o Países Bajos (19,2). Rodríguez Suanzes, P. 2013. “Los españoles culpan a los políticos y a los banqueros de la crisis”, El Mundo, 4/4/2013.



Ps1: Esta colección de posts cobre las construcciones míticas de la crisis son partes de una comunicación presentada por Rocio Orsi y Andrés González en el XI Congreso de la AECPA  que a su vez está pensado para ser una parte de una publicación más larga.

Ps2: Agradecemos las aportaciones de Antón Castromil sobre framing y de Antonio España y José Luis Ricón sobre minarquismo, escuela austriaca y anarcocapitalismo. También sobre la figura de Greenspan y sus críticas al monetarismo agradezco las recomendaciones de Manuel Sarachaga, sobre el papel de la FED en la resolución del LTCM tendré en cuenta el apunte que me hizo Francisco de la Torre. Estas sugerencias aún no han sido incorporadas y se incluirían en una versión ampliada.



viernes, 27 de septiembre de 2013

El Gran Relato: la síntesis neoclásica (Construcciones míticas de la crisis IV)


Esta es ya la penúltima entrega, y en ella hacemos un repaso del mito más extendido y más invisible: el de que nos podemos dejar caer en los brazos de los profesionales de la economía. El sueño plácido de la minoría de edad libre de incertidumbres conduce a abruptos despertares.

Al no tratarse de un relato parcial y marginal, caricatura de sí mismo, no se puede formular el gran relato que queremos ahora desmontar como un conjunto más o menos exhaustivo de fórmulas sencillas y listas para consumir. Existe una muy distinguida y divulgada: la que podemos denominar como El milagro de Aznar, y que se puede formular como sigue:
La crisis se originó porque el zapaterismo derrochó la herencia recibida: superávit en las cuentas públicas, crecimiento, menos paro (nunca pleno empleo), privatizaciones…
Esta es la forma que adopta el relato cuando lo transmiten simpatizantes del partido que operó el milagro que malograra Zapatero. Sin embargo, la síntesis samuelsoniana es más amplia y en ella no solo se encuentran los votantes del PP, sino la gran mayoría de los agentes políticos que tienen respaldo popular, y consiste en confiar en que los modelos económicos funcionan. Por eso, el mito de la herencia dilapidada por el hijo pródigo es solo una parte del relato global: porque los dos partidos en el gobierno alternaron sus papeles de dilapidadores y de aprendices de brujo de las finanzas patrias. Y si dicho relato engloba las políticas de ambos partidos es, precisamente, porque es un relato, como decíamos, de síntesis, y que puede resumirse en el lema, no por falso menos creído, de que la economía está bajo control. Dicha síntesis consiste en una combinación de propuestas friedmanianas, que enfatizan el papel de la oferta, y en concreto de la oferta monetaria, para acelerar y guiar el equilibrio económico, y de principios keynesianos, que otorgan esta función principalmente al gasto público. Cabría preguntarse, entonces, si los gobiernos y los organismos reguladores de la economía independientes como los bancos centrales pueden realmente neutralizar las crisis y avanzar en la anhelada senda de una economía no cíclica. Demostrar que no pueden hacerlo es lo que permite desmontar este macrorrelato.
Friedman ya sabía que los agentes económicos no se comportan de una manera optimizadora[1] y que, por tanto, las hipótesis de partida (la tesis del homo oeconomicus) era falsa. Sin embargo, no le daba importancia, pues entendía que los modelos funcionarían a pesar de que los agentes no se comportaran exactamente como prevé la hipótesis. Sin embargo, quizás Friedman olvidó incluir una cláusula: que los modelos podrían funcionar aparentemente debido a la creencia extendida en que lo harían. Keynes, por su parte, conocía la condición incierta del discurso económico y no cayó en la tendencia modelizadora a que sus seguidores sometieron la realidad.
La predicción económica se basa en modelos lineales que prolongan series históricas: supone pues una concepción del mundo y de la temporalidad lineal. Sin embargo, las sociedades cambian y no responden de la misma manera ante circunstancias similares. Tocqueville señalaba que en el mundo moderno la historia no es magister vitae y no nos ofrece pistas sobre cómo habremos de comportarnos. Lo cierto es que tampoco lo era en el mundo antiguo, pero si la experiencia de la modernidad es esa aguda conciencia de que no están el ayer ni el mañana escritos, sorprende hasta qué punto es vana nuestra fe en un conjunto de modelos que se basan en la equivalencia de todos los tiempos, en la supresión de la particularidad histórica y, en definitiva, del tiempo histórico mismo. Los sociólogos se han cansado de recordarnos que la modernidad es el momento de la incertidumbre, de los excesos de la flexibilidad y del riesgo, precisamente porque esas son las condiciones de vida del capitalismo avanzado; pero la práctica política y económica capitalistas se creían, paradójicamente, la única excepción a salvo de todo aquello.[2]
No obstante, la experiencia histórica nos permite afirmar que, de hecho, los gobiernos pueden limitar el impacto y la duración de las crisis mediante políticas fiscales y monetarias. Esto ocurre cuando las crisis que hay que modular son puramente cíclicas y no sistémicas. Sin embargo, las políticas fiscal y monetaria son ineficaces cuando nos encontramos en una situación de crisis estructural, es decir, cuando nos encontramos en lo que podríamos considerar una cola, no tan infrecuente como se da por hecho en los modelos, de una campana gaussiana. Y si dichas situaciones críticas anormales son, en realidad, mucho más frecuentes de lo que los modelos permiten asegurar, podríamos concluir –para mal de la economía como esa ciencia dura que pretende ser- que el mundo no es gaussiano y no es, por tanto, normal.[3] Como se empeñan en mostrar algunos filósofos, la condición moderna del mundo se expresa en un quiasmo: crisis de la normalidad y normalidad de la crisis.[4] Que una crisis sea estructural o cíclica dependerá, de hecho, de nuestra capacidad para hacerle frente con buenas dosis de política fiscal, monetaria y voluntarista. De hecho, fiscalidad, monetarismo y voluntarismo pueden introducir semejante efecto acumulador en las crisis cíclicas que acaben transformándolas en crisis estructurales, crisis que ponen en cuestión la estructura del sistema mismo.
Pues bien: esta normalidad de la crisis es lo que la denominada síntesis neoclásica ha ignorado. La síntesis neoclásica de Samuelson es el paradigma predominante tanto entre los economistas como entre los gobiernos desde mediados del siglo pasado, y a partir de este modelo se ha sistematizado y encapsulado el análisis económico con aparatos matemáticos y estadísticos cada vez más complejos y sofisticados. El uso de la estadística y la econometría, combinado con las herramientas informáticas que han permitido procesar un volumen de datos inimaginable hasta hace no tanto, ha hecho que la mal denominada “ciencia económica” haya ido creciendo y colonizando disciplinas que no le eran propias.
Sin embargo, semejante imperialismo epistémico de la economía constituye un caso flagrante de fraude intelectual, según Taleb[5], o, en terminología sokaliana, de impostura intelectual. El espectacular avance, en términos de influencia política y prestigio social, que la disciplina económica ha experimentado desde los años 50 hasta Gran Recesión de 2008 en buena medida se debe a la popularidad de los modelos que, al ser adoptados por un número creciente de agentes, han visto acrecentada su verosimilitud y, de este modo, se ha propiciado su éxito. Se trata de un caso claro de profecía autocumplida.[6]
Y es que, cuando el mundo se enfrentó a la crisis del petróleo en los 70, el keynesianismo renació y lo hizo de manera global, de tal modo que la presión sobre la demanda hizo que aumentara la inflación y que saltaran las costuras del sistema monetario. Si con ello se atajó eficazmente la crisis o no es algo que pertenece a esa historia alternativa de los contrafácticos cuya redacción espera al fin de la Historia. A continuación, a lo largo de la década de los 80 y con Reagan y Thatcher a la cabeza, tiene lugar la revolución conservadora y la aplicación de políticas de oferta. Así, la oferta monetaria se expandió enormemente[7] en Occidente cuando el resto del mundo se paraba en los 90, especialmente tras las crisis asiática, rusa y el tequilazo del final de la década. En aquel momento las políticas de la Reserva Federal se tornaban agresivas, es decir, bajaban los tipos. Y también por aquellos tiempos quebraba LTCM, fuertemente expuesta a los derivados en el mercado ruso y que trabajaba a las órdenes de Merton y Fama, cuya prestigiosa –mas en la práctica fallida- hipótesis del mercado eficiente no perdía ni un ápice de credibilidad. La financiarización del mundo crecía como solo crecen las burbujas. Y así, el “comité que salvó el mundo” [8] y sus seguidores impulsaron seguramente una de las mayores -si no la mayor fase- de expansión económica de la historia, al menos en apariencia. A la vez, y explotando de manera exacerbada el modelo norteamericano, en España tenía lugar el denominado “milagro español”: el prodigio que propició la mayor subida del crédito de nuestra historia[9] (y probablemente de la historia mundial) y que, con la entusiasta participación de las cajas de ahorro, se llevó a cabo en todas las esferas de la administración e involucrando a todos los agentes políticos (gobiernos locales, regionales, nacionales y sindicatos).[10]
Por otra parte, esta política contó con la aquiescencia de buena parte del público, y no solo de los votantes del partido que produjo el celebrado portento, a cuyas alegrías todavía tendría tiempo de sumarse por cuatro años esa oposición a la que después explotaría toda la artillería en las manos. Así, la percepción general era y es que el bienestar de las familias depende de la bajada de tipos de interés –sin que se tenga en cuenta la imposibilidad de acceso a la vivienda con que así se condena a los outsiders o los devaneos en el precio de las materias primas y del petróleo. Nada más impopular -aunque más necesario- que “cambiar cuando todo va bien”. De hecho, este es el título de un artículo de Miguel Ángel Fernández Ordóñez[11] donde el que sería después gobernador del Banco de España advertía de la necesidad de cambiar el rumbo de la economía de Aznar, que estaba experimentando una euforia un tanto quimérica, antes de que fuera demasiado tarde. Demasiado tarde, por cierto, es cuando los grandes héroes se dan cuenta de sus profundos errores en las tragedias clásicas. Una de las razones que explican la hondura de nuestra “crisis”, hay que insistir en ello, es la escasa atención que se prestó a las Casandras aguafiestas que venían profetizándola. El último libro de A. Muñoz Molina es un buen ejemplo de esa clarividencia a posteriori y del lamento trágico de la pasada ceguera. Otros muchos, sin embargo, siguen encerrados en su obstinada invidencia.[12]
Así pues, nadie detuvo la burbuja porque cundía, entre los medios de comunicación tanto como entre los agentes económicos más cercanos a los gobiernos y en los gobiernos mismos, una ceguera obstinadamente autoimpuesta. Sin embargo, era predecible: lo era ya en términos abstractos, debido a la incompatibilidad de que el mercado pueda ser al tiempo eficiente, que tienda al equilibrio y que haya un agente como los bancos centrales que pueda alterar una variable como es el tipo de interés que afecta a la valoración de cualquier activo. Que el mercado se corrija a sí mismo y que a la vez haya un agente, los bancos centrales, capaces de modular cualquier desaceleración mediante la bajada de tipos es el trasunto epistémico del célebre ingenio del móvil perpetuo. Cualquier cambio en los tipos de interés modifica todas las valoraciones del mercado, de tal manera que visibiliza esa mano cuya eficiencia dependía de que se mantuviera invisible.
De ese modo, ya por entonces debía saberse que el poder de los gobiernos y los bancos centrales es inmenso, pero no tan amplio como para que se pueda esperar razonablemente que neutralicen las crisis estructurales en el contexto del libre mercado. El libre mercado es un modelo dinámico que se caracteriza por su adaptación a circunstancias cambiantes. Si mediante la política monetaria se pretende crear un mercado desprovisto de riesgo y de quiebras, lo que se arriesga entonces es el modelo en su conjunto.
La fe metafísica en la eficiencia de los mercados y en la capacidad de que los gobiernos y los bancos centrales puedan modelar los ciclos ha promovido la asunción de riesgos colosales, que no han hecho sino aumentar la presión sobre los gobiernos y los bancos centrales de EEUU, Reino Unido y Europa. En un triste episodio de justicia poética, al intentar suprimir el riesgo, lo que han conseguido los bancos centrales ha sido exacerbarlo.
De este modo, el intento de domar el azar, la voluntad de creer que el mundo es predecible y encaja en los modelos matemáticos que nos permiten hacer una aproximación del funcionamiento de las sociedades ha transformado la economía en un discurso mucho más endeble de lo que era. Al igual que Edipo acaba cumpliendo la profecía cuando trataba de esquivarla, al pretender suprimir la incertidumbre la economía misma se ha convertido en una empresa más arriesgada que nunca. Casi tanto como el analfabetismo numérico, el abuso de las matemáticas ha resultado nocivo, dando lugar a lo que Dieoudonne llama la “la música de la razón” y Taleb “la locura de Locke”. El formalismo económico ha creado un mundo ficticio, un mundo de ilusiones que ahora los propios economistas deben contribuir a desmitificar. El mito de la eficiencia de los mercados es un mito de la razón tan monstruoso como esa fiebre planificadora que avivó al marxismo.
Así pues, nos gustaría concluir que la ortodoxia dominante en la economía de las últimas cinco décadas, la síntesis entre monetarismo y keynesianismo que ha animado a los comités asesores de la mayoría de los gobiernos occidentales, no está menos sustentada en una contumaz metafísica que las construcciones míticas de la crisis más periféricas: las que describimos en los puntos primero y segundo como la adversaria al libre mercado y la que se opone al Estado de bienestar. Es pues momento de revisar las limitaciones epistémicas de nuestros modelos y los efectos indeseados del voluntarismo de nuestros gobernantes.




[1] Kahneman recibe el premio Nobel por mostrar que los agentes son racionales, pero no de acuerdo con el paradigma de racionalidad esquemáticamente optimizador. Sin embargo, y a pesar de su reconocimiento, su perspectiva ha tenido poco impacto en las prácticas epistémicas efectivas de los economistas.
[2] A mediados de los años 80 H. Minsky (que tanto insistió en la inestabilidad natural del sistema financiero) se preguntaba si “eso”, una Gran Depresión, podría volver a ocurrir, y ya en nuestro siglo el sucesor de Greenspan en la Fed, Bernanke, respondió que “eso” no se reproduciría gracias a la invención de la imprenta: en su conferencia Deflación. Asegúrese de que ESO no ocurra aquí Bernanke tranquilizó a los inquietos y acalló a los aguafiestas sacando a relucir la capacidad, como siempre voluntarista, del gobierno americano de producir tantos billetes como hicieran falta. Semejante confianza en el control monetario le valió el título del helicóptero Ben, en recuerdo del famoso helicóptero de Friedman que arrojaría billetes desde el aire. A propósito véase el reciente artículo de Estefanía, J. 2013. “Hacia siete años de crisis”, El país, 29/8/2013
[3] Interesante a este propósito es la reflexión de Wittgenstein sobre la mística y la sensación de que el mundo está bien hecho y que, pase lo que pase, estamos seguros.
[4] Este quiasmo da título al interesante libro editado por Luciana Cadahia y Gonzalo Velasco que se ha citado anteriormente: Normalidad de la crisis, crisis de la normalidad.
[5] Así se expresa Taleb: “En la economía ortodoxa, la racionalidad se convirtió en una camisa de fuerza. Los economistas platonificados ignoraban el hecho de que las personas puedan preferir hacer algo más que maximizar sus intereses económicos. Esto condujo a unas técnicas matemáticas como la “maximización” o la “optimización” sobre las que Paul Samuelson construyó gran parte de su obra. La optimización consiste en encontrar la política matemáticamente óptima que un agente económico pueda desear. […] No sería yo el primero en decir que esta optimización atrasó la ciencia social, al reducirla a la disciplina intelectual y reflexiva en que se estaba convirtiendo a un intento de constituirse en “ciencia exacta”. Por “ciencia exacta” entiendo un problema de ingeniería mediocre para aquellos que quieran simular que están en el Departamento de Física: la llamada envidia a la física. En otras palabras, un fraude intelectual”.
[6] Véase al respecto el segundo capítulo de Merton, T.K.,1980 [1976]. Ambivalencia sociológica y otros ensayos, Madrid: Espasa Calpe.
[7] Si bien en los primeros años lo que hacen es justo contraerla.
[8] Esta es la expresión que se emplea en la arrogante portada de la revista Time del 15/2/1999, donde aparece Greenspan flanqueado de Rubin y Summers: “El comité para salvar el mundo. La historia interna de los tres marketeers que han evitado el colapso económico mundial -hasta ahora”.
[9] Frente a la percepción establecida, el gigantesco volumen de deuda hipotecaria se concentra en una franja concreta y minoritaria de la sociedad. Del mismo modo los dramas personales por impago de hipotecas siendo muy dolorosos no tienen ni de lejos el volumen que hemos visto en los medios de comunicación donde se hablaba de “genocidio” o “terrorismo financiero” (vid. González, A., economiaypolitica.es, Marzo, 2013).
[10] Entusiasta y lucrativa para sus directivos.
[11] El País, 5/4/2004.
[12] Muñoz Molina, A., 2013. Todo lo que era sólido, Barcelona: Seix Barral. Que nadie hace caso a los aguafiestas es un argumento clásico de Galbraith.



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