sábado, 18 de junio de 2011

¡VIVAN LAS CADENAS!

Durante los últimos tres años voces de toda índole claman contra "los mercados": desde los indignados hasta  Díaz Ferrán, pasando por los sindicatos, la Falange Española y Tomás Gómez, las cabezas más enardecidas o esclarecidas del país han señalado un culpable externo tan etéreo como estereotipado. La excusa perfecta para evitar cualquier forma de autocrítica: inmolar ante una masa frenética al chivo expiatorio. Y para muestra, un botón de camisa azul mahón:


Video 1: Spot Falange Española elecciones 2011



Resulta paradójico que el blanco de estos ataques sea el concepto o el "Eidos" de mercado y no sus disfunciones concretas. ¿Alguien se atrevería a cuestionar las bondades del Estado de Derecho en su conjunto porque hubiera leyes mejorables o magistrados corruptos, incluso cuando estos elementos no son meros casos puntuales sino vicios inherentes al sistema? La libertad de mercado ha permitido acometer inversiones que han aumentado la riqueza de las naciones, ha promovido el comercio entre puntos distantes y ha sido, por ello, un factor de refinamiento y civilización, y ha contribuido a eliminar servidumbres -si bien es cierto que se han creado otras de carácter voluntario y, por eso mismo, mucho más insidiosas.

Habrá quien prefiera enfrentarse en sus decisiones económicas a la discrecionalidad de la burocracia y sus ministros, o esperar la gracia de un cacique. Sin embargo, tras una reflexión honesta su número debería ser menor que el de los que todavía creen que Elvis vive. Aunque no se sabe qué resultado arrojaría este experimento mental realizado bajo el "velo de la ignorancia": quizá sea cierto que las sociedades occidentales, tras décadas de prosperidad, se comportan como adolescentes hormonados, que tan pronto se indignan y se enrabietan  como se adormecen con cuentos carcas.

Video 2: Cuentos




Las preguntas que quizás deberíamos abordar para determinar la naturaleza y precisar la identidad de esos resbaladizos mercados son las siguientes: ¿quiénes son? ¿de verdad se lucran, sean quiénes sean, con nuestras desgracias? ¿son esos seres escurridizos tan sádicos, y están tan perfectamente engranados, como los pinta la creencia popular? No cabe duda de que la riqueza está cada vez más concentrada en menos manos, y que, por desgracia, las desigualdades sociales van en aumento. Lo que quizás resulte menos creíble es que los dueños del mundo (los masters del universo, como gustaba llamarse al atribulado protagonista de La hoguera de las vanidades) sean tan poderosos o que estén organizados. ¿Es creíble imaginarse al maligno Gadafi compartiendo cuscus en su legendaria jaima con Amancio Ortega , Christy Walton y Warren Buffet?

Gráfico 1: Ranking Forbes personas más ricas del mundo



Para poner las magnitudes en su contexto, habría que señalar que el fondo de reserva de la seguridad social española tiene una capitalización de más de 65.000 millones de euros, o sea que su patrimonio es superior al de cualquiera de los tíos Gilitos de esta selecta lista. El FROB tiene un importe autorizado mucho mayor. Y he aquí las empresas más boyantes del globo:

Gráfico 2: Mayores empresas del mundo por capitalización:



Pues bien: solo el fondo de rescate de EEUU fue de 700.000 millones de dólares, casi el doble de la capitalización de Exxon, la compañía más valiosa de las más valiosas de esta lista de empresas valiosas. Por su parte, el fondo de rescate europeo es de más 1.000 billones (americanos) de dólares, y hay miembros del BCE que quieren doblarlo.  El gasto público de EEUU alcanza los 6.000 billones de dólares anuales, cuatro veces más que todas las ventas mundiales conjuntas del Top 8.


Los intentos de salida de la crisis han sido políticos: la expansión del gasto público y el incremento de oferta monetaria no nos han llevado a la situación de partida y, por el contrario, han crecido los desequilibrios. Una salida no política sino ajustada a las leyes de mercado hubiera sido dejar quebrar las entidades insolventes a la vez que se garantizaran los depósitos. La solución política ha permitido al establishment permanecer en su situación de privilegio a costa de un drástico aumento de la deuda pública.

Es cierto que uno de los factores que nos han abocado a esta crisis (por emplear el término periodístico ya cristalizado en cliché) ha sido el descomunal apalancamiento, un exceso fruto de las políticas no-liberales que permitieron a los bancos incurrir en riesgos muy elevados -con la inestimable colaboración de la FED y el BCE, dicho sea de paso. La escuela austriaca había alertado de esta manipulación de mercado, responsable del desencadenamiento de las crisis de 1929, 1987, 2001 y 2008 entre otras. Un hoy a la vez denostado y manoseado Hayek apuntaba, en Camino de servidumbre (1944), que "[el] funcionamiento de la competencia no sólo exige una adecuada organización de ciertas instituciones como el dinero, los mercados y los canales de información - algunas de las cuales nunca pueden ser provistas por la empresa privada-(...) sino que depende de un sistema legal dirigido a preservar la competencia". Y curiosamente, aun siendo el exceso de crédito (el apalancamiento) la principal causa de nuestros problemas, se sigue pidiendo masivamente (pero, ¿a quién?) como solución la reactivación del préstamo. Lo cierto es que lo que desde 2008 se ha visto reducido en España ha sido la velocidad de crecimiento del crédito, pero su volumen no se ha reducido -a pesar de que para muchos agentes la financiación se ha convertido en un imposible.

Aquí lo que ha fallado rotundamente ha sido tanto la política con minúsculas como la acción irresponsable de los lobbies: es decir, los causantes del desastre son sujetos bien identificables y concretos, ya sea que trafiquen en la banca o pastoreen sindicatos, y no una entidad abstracta y, como tal, desprovista de intenciones cual es el mercado. Por otro lado, los únicos mercados concretos y localizables que conozco son los de abastos, donde se amontonan cabezas de pescado y hortalizas y, a pesar de su olor a vísceras, no pueden concitar en su humilde existencia todos los males de nuestro presente.

Como sistema o entidad global e impersonal, los mercados son duros, exigentes y despiadadamente darwinistas, pero sus fallos salen más baratos que las políticas que perseveran en el error. La nociva combinación de intervencionismo y libertad de mercado es quizá la más nociva de las posibles circunstancias. Precisamente, los mercados intervenidos y plenipotenciarios son un ejemplo acabado de las políticas de cartas marcadas y mesas revueltas a que ya se hizo alusión en este blog.

De ese modo, las propuestas y ensayos de salida de la crisis abundan en el reparto de privilegios y en la perpetuación de desequilibrios, pero sin que quede nunca constancia de su coste. Podemos dedicarle una sonrisa comprensiva a los ingenuos que descubren Mediterráneos de políticas marxistas que vienen fracasando y sometiendo a los individuos como el peor patrono desde hace ya un siglo; pero vaya todo nuestro odio (y nuestra indignación) hacia aquellos que, sabedores de lo disparatado de sus propuestas, las airean como mercancía populista al gusto del consumidor indignado.

Una reflexión sobre la crisis "en la que nos metieron los mercados": cuando quebró, la deuda de Lehman Brothers alcanzaba los 613.000 millones de dólares; pues bien, el conjunto de las Cajas españolas en Diciembre de 2009 tenía activos por más del doble. Estoy ansioso por ver si, en el momento de hacer balance final, no va a resultar que los campeones mundiales de la especulación son los ejecutivos de la pseudopública banca española. 

Los mercados (no los de abastos, sino los otros) son un pilar fundamental de las sociedades libres, una construcción irrenunciable que debemos mejorar con el esfuerzo de todos, promoviendo políticas y mecanismos que vigilen y limiten las prácticas oligopolistas y que posibiliten y fomenten la radical igualdad de oportunidades. Porque no hay mejor mecanismo para asignar precios y recursos en el sistema productivo. Y dicho esto, hay que decir también que pretender aplicar las reglas de mercado a los ámbitos que por su naturaleza no se rigen por esta lógica es una majadería (o una perversión) equiparable a servirse del código penal para solventar disonancias en una asamblea de vecinos, o de la teoría de juegos para el análisis clínico.

Aquí les propongo una caricatura ingeniosa y sutil del mercado que debemos a la memorable Bruja Avería: mucho más ingeniosa y sutil que la que, con voz ahuecada y gesto severo, enarbola la (por otras cosas muy meritoria) Comisión de Economía de Sol.







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